Pobres MIR

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Afirmaba Luis Martín Santos en su novela que hay ciudades tan descabaladas que ni tienen catedral. Hay sociedades tan mal calculadas que ni pueden dar trabajo a los especialistas médicos que tanto esfuerzo y dinero cuestan a esa misma sociedad que los desprecia. Los MIR tienen que emigrar porque aquí sólo se puede trabajar de camarero, dicho con todo respeto, o de cuerpo de limpieza en esos hoteles donde los extranjeros disfrutan por nosotros. Estamos regalando cerebros a Alemania e Inglaterra; estamos pagando entre todos una formación carísima para que se la ahorren los países ricos de Europa. España paga como si fuera el padrino borracho en el bautizo. La formación de un médico traza un martirio para el aspirante a galeno, y un martirio y medio para el especialista. Cualquier joven con vocación sanitaria sabe que tiene que competir desde el primer día de bachillerato para entrar en ese saber universitario que desea. La nota en selectividad funciona como una guillotina que corta el futuro con una precisión de milésimas de punto. Una vez traspasados los umbrales de la facultad no se rebaja ni un ápice el nivel de exigencia académica. Medicina se encuentra entre las carreras más difíciles de cualquier campus que se precie. Los profesores de Málaga todavía recuerdan aquel anuncio donde se buscaban médicos que no hubieran cursado sus estudios en nuestra ciudad. Hoy, casi por tradición, se ha convertido en una de las centros de estudio con mayores cotas de calidad de España. Cuando el aprendiz de brujo alcanza su licenciatura sabe que aún no ha culminado su ascenso a la montaña; es más, de poco sirve ese título si no va acompañado de una especialización. Al licenciado le llega la hora de un nuevo encierro en el que otra vez tendrá que pasar un proceso selectivo que le abrirá la puerta a un nuevo tiempo de estudio e investigación. El ascenso al calvario continúa, en la cima no le esperan los carnavales de Río, sino la cruz y corona de espinas del paro.

La sociedad andaluza continúa como ejemplo de esa España invertebrada que describió Ortega y Gasset. La calidad de nuestros médicos es incuestionable según testimonia su buena acogida en el extranjero. La calidad de nuestros gestores es deplorable según constatan esas mismas emigraciones de personal tan cualificado. Hace mucho tiempo que nuestros gobernantes abandonaron la sensatez del gasto para generar organismos que detraen los billetes de sanidad y educación que son los servicios esenciales para cualquier sociedad. Un especialista sanitario no se forma de un día para otro, ni siquiera de un trienio para otro; necesita una década desde que comience sus estudios hasta que alcance su punto de madurez y experiencia óptimos. Con los sueldos en la mano y con todo ese sacrificio en la balanza sale más rentable limpiar las escaleras del hospital que encontrarse dentro del quirófano. Estamos masacrando a nuestros jóvenes más brillantes. En su horizonte, como alegoría andaluza, sólo aparece una de las maletas pintadas por mi paisano Toral, para que ocupen pasaje en cualquiera de esos vuelos que despegan de nuestro aeropuerto lleno de turistas con la risa del sol en los labios, rumbo hacia ciudades culminadas con su catedral gótica y todo. El negocio no le puede salir más redondo a nuestros competidores. Pagamos la formación de un médico especialista y lo regalamos a unos hospitales donde sólo le ofrecen un sueldo que aquí, por gastos en ferias y demás juergas, somos incapaces de darle. Aún recuerdo el anuncio del macro-hospital para Málaga y de la delirante operación inmobiliaria que pretendía hacer la Junta para su financiación. Los malagueños aún estamos esperando que se amplíe la red sanitaria. Hay ciudades tan descabaladas, tan invertebradas que en ellas no conviene invertir la vida en estudiar. Lo del camino de espinas no es ninguna metáfora en el currículum de los especialistas médicos de Málaga. Pobres MIR.

*José Luis González Vera es profesor y escritor

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